jueves, 22 de marzo de 2012

Última llamada

Como tarde o temprano se acaba notando, es mejor aclararlo en primera instancia y no dar lugar a malentendidos. Sí, me encanta Colin Farrell. Me encanta su carita de pijito ejerciendo de duro. Me encanta su manera de caminar balanceando los hombros. Me encanta su mirada a medio camino entre niñito que aún tiene que comer mucha sopa para ser un hombre, y ese brillo que se le adivina de que puede ser realmente malo. Ahora crucificadme todos aquellos que creéis que tiene cara de filete. A mí me da igual, y del barco de Chanquete no me moverán.

¿Dónde estábamos? ¡Ah! ¡Sí! La película... Habrá quedado más o menos claro también que el cine de entretenimiento no me disgusta en absoluto. Es más, creo que "el entretenimiento" es el más noble de los objetivos que se puede llegar a marcar un artista. Nunca dejará ser de fascinante para mí, el talento que tienen algunas personas de construir historias de la nada, de ordenar precisamente las partes de ese todo para que aquel que lo está viendo se olvide de si mismo y entre de pleno en la fábula, y si es para disfrutar, mejor que mejor. Por eso, no me queda más remedio que recomendar encarecidamente el visionado de "La última llamada". ¿Dice algo la película? Pues no. Es más, diré que está impregnada de cierto humanismo cristiano, tan denostado en este tiempo, porque ya se sabe, el relativismo del siglo XX mezclado con las filosofías orientales, ha introducido la idea de que nada es bueno ni malo, y aún más, que no hay que ser ni bueno ni malo, que sólo hay que ser.

Habría que plantearse las ventajas e inconvenientes de esta filosofía de vida. Desde luego, "La última llamada" sostiene que mejor tener un código ético, dirigido hacia el bien y respetarlo. Cada uno que saque sus propias conclusiones sobre ese "semimensaje" del filme, (que muchos relacionan con la supuesta ola de neoconservadurismo norteamericano), que yo no estoy aquí para eso. Yo estoy aquí para decir... Joel (Schumacher, se entiende; somos amiguetes), te has lucido, porque ni hablas de la revolución, ni muestras la belleza de un plano de tres minutos de un tío impertérrito, mientras se le ven todos y cada uno de los puntos negros de la nariz, pero... ¡qué pulso!. Que gran director hay que ser para mantener la tensión en una película de escasa hora y media que no cambia de localización prácticamente. Toda la peliculita ese hombretón metido en una cabina de teléfonos, en un casi completo monólogo. ¿Cómo lo consigue? Con planos desde todas las ubicaciones posibles; con cámaras al hombro, tan frecuentemente molestas para mí, y sin embargo aquí, utilizadas magistralmente; con particiones de pantalla, recurso incomodísimo, artificial y pretencioso en la casi completa mayoría de las ocasiones, y que en "La última llamada", da una visión electríficante y escalofriante de una situación límite. ¡Qué gran guión! Larry Cohen no es un guionista que tenga grandes películas en su haber, no obstante en esta ocasión, ha mostrado tener un don, un conocimiento preciso de como funciona un guión cual si fuera el mecanismo de un reloj suizo.

Los actores... Colin, Colin... Que gran futuro tienes por delante si nada se tuerce. Eres más que un buen actor. Eres una estrella. No es de extrañar esa subida como la espuma en el ranking hollywoodiense. Tienes lo que tienen que tener la estrellas y que el resto de los mortales no lucimos. Forest Whitaker, muy bien, como siempre...

Trailer Última llamada


miércoles, 21 de marzo de 2012

Seven:Juego de psicópatas.






Tras "El silencio de los corderos" una oleada de psicópatas invadieron las pantallas de los cines, haciendo de esta clase de thrillers un género bastante representativo de lo que eran las carteleras en los años 90. “Seven” fue una de las réplicas que mejor suerte corrió en taquilla, éxito apoyado en gran sin duda por un reparto que estaba en su mejor momento de popularidad. Por cierto, ¿alguien sabe qué es lo que pasó con Kevin Spacey, que tras “American Beauty” no consigue llevar al cine más que a sus familiares más directos? A ver si con el nuevo Superman vuelve a levantar cabeza.

La película fue muy sobrevalorada en su momento, y aún hoy en día hay quien insiste en que es buena. Ocurre que David Fincher no acapara grandes virtudes como realizador, pero las pocas que tiene las administra con gran efectismo y en ocasiones consigue causar impacto en mucha gente.

El psicópata de “Seven” aspira a su momento de gloria castigando de manera ejemplar a siete representantes de los pecados capitales. Tras su pista corre una pareja de policías: idealista e impulsivo uno, sabio y pragmático el otro. La película se centra en sádico montaje del psicópata más que en la caza del asesino, descuidando en gran manera la trama de investigación resuelta con una tontería de muy poca credibilidad. El meollo de la cuestión reside en la truculencia de los asesinatos, lo que nos puede dar una idea bastante aproximada de cuan vacía esta película puede llegar a ser.

Pese a que el personaje del malvado no aparece hasta el tramo final, es el auténtico protagonista y quien empuja la historia hacia delante. De hecho, la resolución de la película está hecha a su medida. La parte protagonizada por la pareja de detectives hace de relleno y apenas sí de apoyo, con un ritmo bastante irregular y haciendo no pocas trampas. La clásica y manida relación de antagonismo entre el joven y el maduro que se establece entre ellos es, si bien algo poco llamativo, lo mas entretenido de la película.
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Tiene todo el filme un tono plomizo y un aspecto que recuerda a algunos trabajos de Ridley Scott. Hay, de hecho, una escena de persecución bajo la lluvia que parece casi copiada de otra de “Blade Runner”. Es un trabajo en el que se nota la experiencia de David Fincher adquirida durante su etapa de director de video clips, pero manteniendo estos recursos de manera muy sobria, sin recurrir a exagerados trucos para llamar la atención. De esto último se encarga, como ya quedó dicho, lo efectista del guión.

“Seven” es muy redundante, y hasta el final de la película asistimos a una serie de macabros asesinatos donde la única intriga consiste en ver de que bizarra manera estará ejecutado el siguiente. En la conclusión nos encontramos con un guión con serios problemas para articular la narración de manera fluida, así que acabamos encontrando de relleno al malvado de la película casi monologando para expresar su punto de vista. Si en algo podría haber acertado este perturbado personaje, es en su intuición de que hasta las ideas más cínicas y perversas tienen cabida en los medios de comunicación. Aquí tenemos un ejemplo, si bien en este caso la intención no es hacer apología de nada, sino la de provocar a un público fácilmente impresionable.

Para quien guste de las cochinadas perversas, mejor les emplazo a ver “Old Boy” o cualquier otra similar de la nueva hornada de cine oriental, que esos sí que tienen tela. Para todos los demás, sencillamente, no se perderán nada sustituyendo esta película por una sesión de calceta, por más que les digan.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cadena perpetua:Análisis a fondo..

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Hay películas que le devuelven a uno las ganas de vivir. Así de sencillo. O, más exactamente, el deseo de seguir a ver qué ocurre, con un poco más de esperanza. He visto ‘Cadena perpetua’ (el que pone los títulos en España es un lince, pues era mucho más interesante el original ‘The Shawshank Redemption’, aunque también llamaron ‘Pena de muerte’, originales ellos, a ‘Dead Man Walking’, precisamente dirigida por Tim Robbins) muchas veces a lo largo de sus dieciséis años de existencia, y en todas ellas me ha producido idéntica sensación: la de asistir a un poema que existe por la mera razón de dar esperanza al corazón del hombre, curiosamente un objetivo que para Andrei Tarkovski era la meta suprema del arte. En su debut, Darabont lo logra con una maestría poco común en un primerizo, filmando uno de los más bellos y emocionantes filmes de las últimas décadas.
Pocas veces puede emplearse la manida, reduccionista en ocasiones y socorrida expresión de “obra maestra” como en el caso rotundo de esta película. Era el año 1994 cuando nació, y compitió en los Oscar con la genialidad de Allen ‘Balas sobre Broadway’ o con el ‘Pulp Fiction’ de Tarantino. Perdieron todas contra la mediocre ‘Forrest Gump’, pero creo que debió ganar la que ahora nos ocupa, que es la más hermosa de todas, quizá la más hermosa de todas las películas carcelarias de la entera historia del cine, pues en su seno se haya una de las elegías más intensas que se recuerdan en torno a la búsqueda de la libertad personal y espiritual, algo ansiado por la mayoría de los hombres, aunque quizá muchos ni lo sepan. Pero ‘Cadena perpetua’ es mucho más que eso, incluso. Vamos a por ella.

Adaptación del relato de Stephen King ‘Rita Hayworth y la redención de Shawshank’, relato aparecido en 1982, llevada a cabo por el propio Darabont (quien con la sola excepción de ‘The Majestic’, sobre un guión de Michael Sloane, ha trabajado en sus largos sobre textos previos del famoso escritor de Maine, una especie de verdadero gurú para él), durante mucho tiempo Darabont se estuvo planteando la posibilidad de debutar con ‘La niebla’, cuya adaptación vería la luz en 2007, pero finalmente se decidió por este relato acerca de un convicto acusado de un delito que no ha cometido, y que pasará dos décadas en la cárcel, durante las cuales conocerá a una serie de personajes. Con uno de ellos, Red (Morgan Freeman), iniciará una amistad duradera y profunda, enriquecedora y estimulante para ambos, una amistad en torno a una serie de temas mayores, como lo son la esperanza, la redención, la fraternidad, empeñarse en vivir o empeñarse en morir. Casi nada.

Un árbol con una carta

Como soy un ignorante de tal calibre que no he leído el relato de King, sólo puedo hablar de la perfección del guión de Darabont, que durante ciento cuarenta y dos minutos de metraje no pierde el hilo de sus numerosas criaturas en ningún momento, y que es capaz de narrar, sin el menor desmayo de ritmo o intensidad, dos décadas en las que sus personajes van envejeciendo y cayendo embrujados por los muros de piedra de la enorme prisión, según las propias palabras de Red. Y ya en labores propias de dirección (puesta en escena y dirección de actores) Darabont se revela como un consumado artista, un grandísimo cineasta para el que las difíciles tareas del timo, el tono, la atmósfera, son mera cuestión de elegancia y humildad. Creo, sinceramente, que este filme no ha sido realmente valorado como se merece, a pesar de ostentar el primer lugar del ranking del archifamoso imdb, una lista tan arbitraria como cualquier otra (incluidas, claro, las mías, pero para eso se hacen las listas, para ser arbitrario). Si ‘Cadena perpetua’ fuera un filme de los años cincuenta (y bien podría serlo) se codearía hoy, en renombre, con ‘El crepúsculo de los dioses’ (‘Sunset Blvd.’, Wilder, 1950) o ‘Rio Bravo’ (Hawks, 1959).
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‘Cadena perpetua’ viaja en latitudes similares a aquellas películas. La pegada emocional, el mazazo de sus imágenes, compite con ellas. Que Red consiga la condicional después de treinta años en la cárcel, viva durante un tiempo en el cuchitril en el que se suicidó su compañero Brooks Hatlen (interpretado por el legendario y ya fallecido James Whitmore), decida violar la condicional, y se encamine al enorme árbol en el que su amigo Andy le dejó una carta, es mucho más que lo que simplemente se ve. Bajo la (plácida y serena) apariencia de la imagen de Red acercándose al árbol subyace la conmoción principal de la película: el hombre caminando hacia una esperanza por fin recobrada, nunca desaparecida pero quizás sí ignorada. Se revela así el verdadero poder del cine: que la imagen contiene su anverso y su reverso, y que el primero se explica con el segundo y viceversa. Culmina ahí el viaje por el infierno de la cárcel de dos hombres tan vivos y tan reales que da miedo verlos.
Pero no obtenemos esa esperanza sin antes asistir al breve episodio (un cortometraje magistral en sí mismo) en el que a Brooks le sueltan tras cincuenta años convicto. Un episodio al que accedemos arrasados de emoción, testigos de la infinita capacidad de soledad y desesperanza del ser humano, más aún cuando es anciano y olvidado. Ni el menor rastro de manipulación melodramática, ni de lugares comunes. Sólo la cruda y atroz realidad, verificada por una vida malgastada. Pocas veces en el cine se ha asistido al milagro de la dignidad del hombre así representada, en sus últimos días de existencia, esperando que el pájaro que convivió tantos años con él en la cárcel le visite y le diga hola en el exterior. Pero esta clase de milagros sólo pueden suceder cuando se tiene el privilegio de contar con este grupo de actores, muchos de los cuales formarán algo así como la compañía de actores habitual en Darabont, entre los que destacan dos colosos, dos monstruos como Tim Robbins y Morgan Freeman, los cuales recibirían, cosa curiosa, el Oscar al mejor actor de reparto en sendos papeles para Clint Eastwood.
Pero también contó con el genial montador Richard Francis-Bruce, que hace maravillas temporales y rítmicas en este largo relato, y con la fotografía del habitual operador de los Coen Roger Deakins, que aquí firma quizá su mejor trabajo, y con la música de un enorme Thomas Newman, sin la cual es imposible comprender esta obra magistral. Dice Darabont que dentro de un tiempo se considerará a Stephen King como el Dickens de nuestra época. Pero no es necesario que pase mucho tiempo más para considerar a este grupo de fenomenales artistas como lo que son, fenomenales, y a esta película irrepetible como lo que es. Independientemente de todo lo demás, porque habla del hombre, a la altura de la mirada humana, sin perderse jamás en las veleidades de un medio tan propenso a no respetarse a sí mismo.
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